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31 de marzo de 2018

31/03/2018: El 9 que es 9 para todos menos para su DT

En el empate 3-3 entre Vélez y Estudiantes, el DT fortinero, Gabriel Heinze, ubicó a Mauro Zárate -su figura- en una posición insólita. Lejos del área, trató de armar juego como un 10 y se sacrificó como un 5. Una extraña demostración de cómo un planteo puede conspirar contra un equipo.


Carlos Viacava

Tiene el 9 en la espalda, pero, se sabe, hoy por hoy eso no significa nada. Incluso puede llevar el 17, aunque lo suyo no sea una desgracia. En el fútbol de hoy el número en la camiseta dice poco y nada. En el caso de Mauro Zárate, el 9 lo define a la perfección: es centrodelantero y su cosecha de 50 goles en Vélez terminaría por definir, sin margen de discusión, que es un 9 con todas las de la ley. Sin embargo, el más popular de los deportes escapa de cuestiones presuntamente rígidas y establecidas y transita por un camino en el que todo es pasible de ser modificado en busca de una sorpresiva receta para reescribir todo cuando se conoce de él. Sólo de ese modo se explica que Gabriel Heinze, el técnico del Fortín, decida que su atacante más calificado actúe lejos de su hábitat natural, casi condenándolo a una improductiva labor en la que contribuye poco y nada y su talento se sacrifica absurdamente.

Falta poco para el final del partido que Vélez y Estudiantes empatan 3-3 en Liniers. De pronto, Mauro cae rendido, exhausto. Unos instantes después, corre contra el costado derecho de la defensa pincharrata y se arroja con alma y vida para recuperar el balón. Se lleva todos los aplausos. Zárate, el 9, el hijo pródigo que regresó al club de sus amores en el momento en el que más se lo necesitaba, agacha la cabeza y hace lo que le indican que resulta mejor para el equipo. Antepone el supuesto bienestar del conjunto en detrimento de su lucimiento personal.

Contrariando una era del fútbol argentino en el que todos juegan para beneficio propio y las estrellas parecen divos del mundo del espectáculo, Zárate se viste de obrero. Trabaja para el equipo. Se ubica lejos del área, el sector en el que siempre marcó diferencias. Intenta proporcionar el juego del que carece su equipo. Toma la pelota una, dos, tres veces… La pide siempre. Busca por todos los medios dejar atrás esa nutrida barrera de mediocampistas que plantó el entrenador de Estudiantes, Lucas Bernardi, para impedir que el dueño de casa asuma el protagonismo del partido.

Pero eso no es todo: cuando Santiago Cáseres y Nicolás Domínguez no dan abasto para hacerse fuertes en la pelea en el medio con sus rivales, Zárate se une a ellos. Se esfuerza, aprieta los dientes como cualquier 5 de marca. Es 9. Juega de 5. Cuando Vélez tiene la pelota, parece un 10. Sea como fuere, siempre es una posición contra natura.

Heinze, un técnico de esos que tanto seducen por sus conocimientos y sus ideas provocativas, incluso por su personalidad para enfrentar a la prensa sin que se le mueva un músculo, decidió que Rodrigo Salinas se desempeñara como único delantero neto. Zárate era, junto con Agustín Bouzat y Matías Vargas, uno de los encargados de abastecer al espigado atacante central.

El local era inofensivo y Estudiantes se puso en ventaja cuando Mariano Pavone sacó rédito de un desacople de la retaguardia y definió tras dejar en el camino a César Rigamonti. Aumentó la brecha en el marcador el elenco platense con un tiro libre de Juan Otero tras una infracción que le valió la expulsión al defensor peruano Luis Abram.

Vélez estaba perdido y había decidido guardarse el as de espadas para una mano mejor. Así y todo, sobre el final del primer tiempo, llegó al descuento cuando un remate de Zárate -¿de quién podía ser?- se desvió en Jonathan Schunke e ingresó en el arco de Mariano Andújar ante la entrada de Salinas.

Cuando volvieron del descanso y a pesar de que su equipo estaba todavía abajo en el marcador, Heinze mantuvo a Zárate en esa extraña posición. Pasaban los minutos y el 9 que no era 9 seguía dilapidando sus energías. Estaba lejos del arco. Demasiado. Pero, como únicamente son capaces de hacerlo aquellos que tienen un talento que excede a la media, Mauro lanzó un córner corto. Recibió la descarga de un compañero y sacó un espectacular remate que venció la estirada de Andújar. Golazo. Golazo del 9 que incluso cuando lo sabotean se las arregla para hacer lo que tiene que hacer.

Más tarde estiró la cuenta el Monito Vargas, el otro jugador distinto que tiene Vélez. El 3-2 ya se antojaba épico, pero la defensa fortinera jamás da garantías, al igual que su arquero. Los cambios que introduce el DT no aportan soluciones. Y Zárate sigue desgastándose en una labor impropia de sus características.

Pelota parada. Situación ideal para un equipo de Estudiantes que a lo largo de su historia ha hecho un uso casi perfecto de esas acciones. El centro cae en el lugar justo para que Pavone haga posible el 3-3.

Otra vez Vélez está contra las cuerdas. Domínguez corre poco y nada. Cáseres ya va dejando girones de su cuerpo de tanto ir de acá para allá tratando de cubrir los espacios que deja descuidados el equipo de Heinze. Lo ayuda Zárate. Con sus ganas, con su amor por la camiseta, con su voluntad para agachar la cabeza y cumplir órdenes.

Sí, le faltó rebeldía al 9. Podría haberse hecho el distraído e irse para adelante. El entrenador no habría podido decir nada si su equipo ganaba con algún otro gol de Mauro. Bueno, este excéntrico DT tal vez podría habérselo recriminado en la conferencia de prensa. Si alguna vez -en realidad en dos ocasiones- se atrevió a reemplazarlo cuando Vélez estaba en problemas…

Termina el partido. Vélez y Estudiantes igualan 3-3. De las tribunas parte el reconocimiento para su ídolo: “¡Mauro, Mauro…!”. Lógico tributo al 9 que fue algo parecido a un 10 y hasta se vio obligado a trabajar como un 5. Zárate no sería una desgracia aunque luciera el 17. Con Heinze el Fortín sólo obtuvo 10 puntos de 27 posibles. Los números a veces dicen mucho, otras no. En el fútbol nada es absoluto, pero a Lionel Messi, por ejemplo, nadie se atrevería a hacerlo jugar de algo que termine siendo perjudicial para el equipo.

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