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SOCIEDAD

3 de agosto de 2018

03/08/2018: Un largo adiós para solidarios ingenuos

El crudo invierno, muestra sin embargo, atisbos lejanos de recuperar los días soleados que se avizoran todavía lejanos.

Jorge A. Avila

Mientras tanto, las calles porteñas se ven colmadas por instalaciones precarias de quienes se han quedado literalmente sin nada. Su número es creciente cada año, y las causas diversas. Ante ello, surge un interrogante reiterado: ¿Es solidario el porteño?

Los visteos sin mediciones estadísticas, a menudo certeros, indican que poco, o todo lo contrario; se especializan en patear al caído. O dar el mendrugo con la ingenuidad de los desencantados. "Qué cosa, esta gente pobre".
 Las causas de esta conducta merecen analizarse, incluyendo el rol del Estado, en esa actitud que se refleja en las recovas repletas de familias, esquinas colonizadas por harapientos, el bajo de las autopistas transformados en hábitat de excluidos, en todos los despojos que se arrastran en los lugares más recónditos de la ciudad, en busca de refugio para pasar sus días sin horas, sin lunas ni soles. Solo esperar que el tiempo transcurra hasta disolverse en un olvido mísero de alcantarilla. 
Hay paradores y refugios del gobierno porteño, que a juzgar por los reflejos cotidianos, no alcanzan a cubrir necesidades. Alguna noche tal vez, alguna ducha o excusado, pero surge como un cachetazo incesante la ausencia de labor en la misma calle, junto a la gente. Se conoce poco de tantos desamparados, y es por la ausencia de equipos multidisciplinarios que analicen la situación. 
El abandono, el alcoholismo y ahora la drogadicción se suma, especialmente entre los jóvenes que aumentan en los conteos informales de quienes transitan por las avenidas, las entradas de edificios y garajes. 

PALIATIVO

El programa Buenos Aires Presente, (BAP) como un paliativo ya sido superado con notoriedad por las circunstancias, y también las distintas áreas de los ministerios de Salud y el de Desarrollo Social de la ciudad, que contaron con programas que se fueron agotando. 
Sería bueno que los datos reunidos por quienes participaron en esas iniciativas, psicólogos, asistentes sociales, urbanistas, arquitectos, estuvieran disponibles para implementar planes de contingencia que excedan los fríos operativos promocionados, que luego de lanzados se transforman en rutinarios recorridos de furgonetas, que no se meten en los barrios bajos ni en las villas, más allá del discurso integrador de los gobiernos de turno. 

La solidaridad privatizada al estilo carrbarrientos ya ha mostrado su techo. Conviene aportar algunos lugares donde conseguir una tregua para no morir en el intento, y poder colaborar si el alma da: 

* El Comedor Comunitario para almorzar de la Parroquia de Nuestra Señora de Caacupé, en avenida Rivadavia 4879, Caballito, teléfonos 4901-1811 y 4904-0648, todos los días a las 12.00.
* Comedor Comunitario para cenar de la Parroquia de San Carlos, en Don Bosco y Quintino Bocayuva, Almagro, 4981-7752, todos los días a las 19.30. 
* Desayuno, almuerzo y merienda, en la Iglesia Metodista de avenida Rivadavia 4044, Almagro, todos los lunes de 10 a 17, donde también se brinda la posibilidad de ducharse. 
* Cáritas Parroquia Nuestra Señora del Valle, en avenida Córdoba 3325, entre Sánchez de Bustamante y Billighurst, con viandas a las 18.30, y duchas para mamás con chicos, los viernes de 16 a 17.30.

PARADORES

Hay paradores para alojarse, en avenida Gendarmería Nacional 522 de Retiro, para hombres solos, de 18 a 8 del día siguiente, teléfono 4893-2182. Parador Beppo Ghezzi en Masantonio 2970, Parque Patricios, en el mismo horario y modalidad, teléfono 4911-4966; parador Azucena Villaflor, para mujeres solas y con chicos menores de edad, en Piedras 1563, San Telmo, de 17 a 8. Los tres funcionan durante todo el año. La lista no se agota aquí. 

Son varias las organizaciones de vecinos, que sale a recorrer las calles procurando aliviar a los desprotegidos, con frazadas, comida caliente o para acercarlos a los lugares citados en busca de cobijo. Sin embargo, lo que también se percibe, es la distancia que la mayoría pone ante la desgracia ajena. 
Hay un cierto egoísmo prevalente que aleja al ciudadano de traje y corbata, o a la dama de tapado, en estos escenarios miserables, como si fueran contagiosos. En el fragor cotidiano, no se percibe que el otro es un par, que somos ellos después del sálvese quien pueda. Estamos subidos a la misma bicicleta de alquiler, que si deja de andar nos arrastra en la rodada. Hay que acordarse, cuando los vemos o se acercan, y saber que estamos en el mismo viaje. Final sin moraleja. No hay malos ni buenos, ingenuos o piolas. Al fin y al cabo, la vida te acomoda, sin una queja. Y siempre hay lugar para otra vuelta.

 

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