6 de julio de 2017
06/07/2017: Angel o demonio
Ricardo Centurión es un objeto de deseo para Boca. Los xeneizes intentan retenerlo a toda costa. Apuestan a que siga luciéndose dentro de la cancha y se despegue de su condición de fuente incontenible de escándalos.


Carlos Viacava

Habilidad pura, desequilibrio individual y llegada al gol. La conjunción de esas tres características haría de cualquier futbolista un objeto de deseo para cualquier equipo del planeta. Por eso en Boca sólo piensan en encontrar la forma de retener a Ricardo Centurión, un jugador que engloba todos esos atributos. El problema es que este joven volante de 24 años es un torbellino que arruina sus espléndidas cualidades con una personalidad díscola que lo pone siempre al borde del escándalo. En la cancha es el ángel que encanta a los hinchas con sorprendentes malabares cada vez que la pelota pasa por sus pies. Fuera de ella, es un demonio capaz de todo... De todo lo malo.
 
Los 22 partidos disputados, los ocho goles marcados y las incontables gambetas en el último torneo, ése que terminó en poder del equipo de Guillermo Barros Schelotto, lo catapultaron a la cima. Fue campeón e hizo olvidar -junto con el implacable goleador Darío Benedetto- que los xeneizes habían perdido a Carlos Tevez, el ídolo que se fue a China seducido por una montaña de dólares. En poco menos de un año tocó el cielo con las manos. Claro que, con una serie de actos de indisciplina que expusieron su inconducta y su poco apego al profesionalismo, también ardió en las llamas del infierno.
 
Apenas unos días después de su arribo a Boca se habló de Centurión. Y no precisamente por su aportes futbolìsticos. A principios de septiembre se vio involucrado en un choque múltiple en Avellaneda que dejó a dos personas heridas y redujo a escombros su BMW blanco. Ese incidente se dio entre su debut con la camiseta auriazul en la derrota con Lanús y en la goleada de su equipo por 3-0 contra Belgrano en La Bombonera. 
 
En esos días era el escudero que se asociaba a la clase de Carlitos para armar los ataques xeneizes. Pero no era un actor de reparto, pues también le ponía la firma a algunos goles, como uno de los de la aplastante victoria por 4-1 sobre Quilmes o el que abrió el camino al triunfo en el 2-0 contra Sarmiento. Todavía con Tevez en el plantel, se despachó con una de las conquistas en el 4-2 frente a River en el Monumental y lideró al conjunto del Mellizo en el 4-1 contra Colón en Santa Fe una semana después. 
 
Pero en la vida de Centurión siempre hay un pero. Ya sin Tevez, la pretemporada en Mar del Plata lo tuvo como protagonista de una polémica sin sentido. Poco después de una increíble disputa que terminó a los golpes entre sus compañeros Juan Manuel Insaurralde y Jonathan Silva en un entrenamiento, el mediocampista hizo de las suyas y apareció en la concentración ebrio y buscando pelearse con quien se cruzara en su camino. Sólo 24 horas después de ese hecho, Boca perdió el Superclásico estival...
 
En ese entonces ya se empezaba a presagiar que sus horas en la Ribera estaban contadas. Los seis millones de dólares en los que el San Pablo había tasado su pase se antojaban impagables por un jugador que le ponía los nervios de punta a Barros Schelotto, un DT de pocas pulgas y enemigo de los escándalos al que no le había temblado el pulso para decidir la salida de otro revoltoso como Daniel Osvaldo.
 
Tras el receso, Centurión había heredado la camiseta número diez dejada vacante por Tevez. Era una suerte de respaldo del entrenador, empeñado en mimarlo lo suficiente para que se concentrara en jugar y reprimiera sus impulsos irrefrenables por meter la pata una y otra vez. Aportaba otro gol para el triunfo en San Juan sobre San Martín por 2-1 y luego se lucía manejando los hilos del equipo que derrotó 3-1 a Vélez en Liniers y le dio una lección de fútbol a un Fortín en plena decadencia.
 
Todo parecía pintado de azul y amarillo en el certamen, a pesar de que Boca dejaba dudas con su juego y se veía contra las cuerdas tras la dura caída por 2-1 en la Bombonera a manos de River. Inoportuno hasta el cansancio, Centu otra vez irrumpió en escena. Se lo implicaba en una relación con la ex de Diego Maradona, Roció Oliva, y hasta se decía que lo habían visto bajo los efectos de alguna droga social. Al menos según la versión de Mauro Martín, uno de los líderes de la barra brava boquense.
 
Y sobre llovido, mojado. Melisa Tozzi, su ex pareja, presentó una denuncia contra él por violencia de género. ¿Algo podía ser peor para el futbolista? Seguramente no, pero el Mellizo seguía confiando en él y dándole la responsabilidad de hacer jugar a un equipo de vuelo bajo que, pese a sus propias carencias, se dirigía rumbo al título.
 
En la recta final del torneo, Boca se abrazó a la contundencia de Benedetto para sepultar las dudas que habían surgido sobre sus pretensiones de campeonato. Centurión contribuyó también con un gol a la goleada casi decisiva sobre Aldosivi en Mar del Plata. Y las huestes del Mellizo festejaron en Bahía Blanca en la vigilia del partido contra Olimpo gracias a la derrota de Banfield -el inesperado rival de las últimas fechas- contra San Lorenzo. 
 
Las mieles del éxito empezaron a forzar que los seis millones que reclamaba el club brasileño para desprenderse del jugador no parecieran tan disparatados. Guillermo ahora reclamaba a viva voz la continuidad del pibe que había asomado en un Racing que sorprendía con una camada de talentosos que completaban Luis Fariña, Luciano Vietto, Valentín Viola y Rodrigo De Paul.
 
Ni siquiera los nubarrones que cubrieron el límpido cielo xeneize cuando Centurión se peleó con el DJ que amenizaba la fiesta por la consagración auriazul bastaron para desatar una tormenta. Barros Schelotto lo quiere en sus filas y los dirigentes tratan de conseguir una rebajita por parte de San Pablo.
 
Inflexibles, los brasileños no ceden. Centu intentó presionar por su cuenta, anunciando que “si no sigo en Boca, me retiro”. Muy rápidamente comprendió la inconveniencia de su declaración y cambió de opinión. Lo cierto es que los paulistas desean desprenderse de él pero no a cualquier precio, y en Boca le abren las puertas de par en par. Negocian y buscan alternativas para que se quede. En la Ribera se ilusionan con que el ángel le gane la partida al demonio.


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